Maruxa Vilalta
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Lecturas
Como es obligatorio, leí a Faulkner y a Malcolm Lowry, a Elliot, a Yeats. Leí y releí a Virginia Woolf. George Sand me interesó menos. Katherine Mansfield, mucho. A Emily Bronté hace poco, en el cine, la volví a encontrar, como actriz de su propia obra, modelo de la novela posvictoriana.
Pero volvamos al teatro. El irlandés Beckett y su obra revolucionaria, que siempre he leído en francés y no en inglés. Junto a Beckett, Ionesco, Adamov. Aquel teatro llamado del absurdo. Y también André Breton. Nadja. El surrealismo. Algo en qué soñar.
Estuve alguna vez a punto de dirigir El chango velludo, The Hairy Ape, de O’Neill. Incluso Julio Prieto llegó a hacerme algunos bocetos escenográficos.
Finalmente la pieza no se puso, pero en su lectura me impresionó mucho aquello de “pertenecer” o no a un ambiente: “To belong”. El protagonista de The Hairy Ape no encontraba en el mundo lugar al cual “pertenecer”; murió por no haberlo encontrado.
Pero del teatro en inglés una de las obras que más me impactó fue Él, del estadunidense Edward E. Cummings, “I.I” Cummings, como es más conocido. Drama simbólico que data de 1928. Él es de lo mejor que he leído y visto en teatro expresionista. Cada personaje está dividido en fragmentos de su propia personalidad, que existen en escena independientemente los unos de los otros.
¡Y yo que creía estar de vuelta del expresionismo! Al parecer sigo fascinada por Cummings.
En estos días estoy inmersa en investigaciones históricas para una nueva obra que quiero escribir. Suelo quejarme de llevar demasiado tiempo dedicada no a la creación, sino a la investigación. Pero he leído a Frederich Katz, Hans Werner Tobler, John Womack, François Chevalier, François Xavier Guerra, Javier Pérez Siller, Fernand Braudel, Raymond Aron, entre otros, y veo que en investigación histórica los años pasan como si nada. Tobler, suizo de lengua alemana, tiene un libro, La Revolución mexicana, obra maestra, como la de Katz: La guerra secreta en México, y Tobler tardó en escribir su ensayo más de veinte años. . .
Se nos va la vida en escribir, generalmente sin hacernos siquiera ricos, sin ganar siquiera un doctorado honoris causa.
Prosigo con mis lecturas de hace tiempo. Lord Byron, sí, y también Andreïev: El que recibe las bofetadas. Oscar Wilde. Jean Genet y su submundo. Shakespeare, siempre. Ibsen, que en algún tiempo me llamaba mucho la atención.
Cuando empecé a escribir tetro resultaron obligatorios Artaud y Alfred Jarry.
Vinieron después Bernanos y Max Frisch. Para distraerme un poco del teatro, leí a Lovecraft y a Edgar Alan Poe, con lo cual, desde luego, en el teatro volví a caer. Me dí entonces a la poesía, que fue prácticamente el género con el que empecé a leer y del que no me aparto: Rafael Alberti, Aleixandre, César
Vallejo, Neruda, los de siempre. . .Hasta que un día llegué a Emily Dickinson. Fernando Pessoa. Y Auzias March en catalán: “Ajudem, Deu, que sens tú no’m puc moure”, “Ayúdame, Dios mío, que sin ti no me puedo mover”. Creo que a March lo seguiré leyendo hata el fin de mis días.
Cuando me inicié en el teatro fueron indispensables Chejov, Gogol, Strindberg.Y por aquellos días también leí a José Revueltas, porque él había pedido que le hicieran llegar una novela mía: Los desorientados.
Imperdonablemente, pecado de juventud, yo no sabía por aquel entonces quién era Revueltas, pero me fascinó que quisiera conseguir mi libro y me apresuré a leer a José Revueltas.
Continúa...
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